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El 40 aniversario de la Universidad Politécnica de Valencia

Junio 6, 2008 · 2 comentarios

Ayer, día 5 de junio de 2008 la Universidad Polítecnica de Valencia cumplió 40 años desde su creación. En sus comienzos se llamó Instituto Politécnico Superior en Valencia y nació con varias escuelas como la de Caminos y ha ido creciendo poco a poco hasta convertirse en una de las universidades con más prestigio en el panorama español.

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Para conmemorar este acto, la organización de la Universidad organizó una serie de actos. Una discomovil en el “Ágora” amenizó el aperitivo y la comida que ofreció La Politécnica a todo aquel que estuviera dispuesto a meterse en el barullo. Además, la celebración ha contado con la visita de Rita Barberá, la alcadesa de Valencia, a la que sinceramente los estudiantes le hicieron poco caso. No faltó la “mascletá” reglamentaria en todos los actos que se producen en Valencia y los alrededores.

Depués de la comida, varias bandas y grupos interpretaron sus melodías en un escenario que se había instalado en el “Ágora”. La Universidad al completo interrumpió sus funciones desde las 13:00 hasta las 17:00 y la mayoría disfrutó de esta amena jornada aunque la lluvia tampoco quiso  perderse la fiesta.

Algunos estudiantes criticaron que los responsables de la Universidad organizaran la conmemoración del 40 aniversario en plena época de exámenes. Sin embargo, otros abandonaron su estudio para disfrutar el 40 cumpleaños de su universidad.

 

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Biblio Pop

Junio 1, 2008 · 2 comentarios

Empieza, como todos sabemos, la temida, agobiante y aburrida época de exámenes. Bueno, aburrida no para todos. Desde hace dos semanitas o así las bibliotecas de Humanidades y de Tarongers, por ejemplo, empezaron a abrir las 24 horas, todos los días. Parece excesivo que sea necesario abrir durante un mes sin pausa ni interrupción, pero para los que nos despistamos con una hormiga es de agradecer, la verdad.

Así, la calle de Artes Gráficas (os hablaré de esta en concreto que es la que más familiar me resulta) se ha convertido en un desfile de estudiantes a todas horas, fumando, con mochilas, con coca-colas, zumos, botellas de agua… buscando aparcamiento, además de a algunos amigos con los que intentar amenizar una velada un tanto pesada.

Otro cambio que salta a la vista es, que cuando llegas a la biblioteca y le enseñas tu preciado carné universitario al seguridad, tienes que empezar la difícil tarea de encontrar un sitio disponible en el que sentarte. Entras a tres o cuatro salas (en las que haces ruido sin querer y te miran todos con cara de “¡No ves que me estás molestando!”) hasta que encuentras un hueco en el que sentarte y empezar tu sesión estudiantil.

El problema es que la biblioteca no es siempre un lugar de buenas intenciones. Anoche, por ejemplo, después de ocho horas trabajando decidí convertirme en una persona responsable y me acerqué por allí, para estudiar. Pero más que una biblioteca aquello parecía un pub de moda. Porque está claro, en época de exámenes, en lugar de ir a pegarse unos bailoteos, la gente va a la biblioteca. De cuatro salas en las que entré, no había ni un sitio libre, eso sí tampoco había más de tres personas en cada sala. Sólo estaban los apuntes, guardando sitio, más solos que la una.

Seré sincera y diré que no estuve más de dos horas estudiando, pero fue suficiente para ver el ambiente. Grupillos riéndose, enviándose notitas y hablando en los pasillos. Gente tomándose descansos de horas ocupando un sitio que, tal vez, otras personas podrían aprovechar mejor (más que nada porque sí iban a estudiar).

En fin, no soy quién para quejarme, pero pienso que convertir las bibliotecas en el lugar de moda durante un mes es una tontería. Vale la pena quedar para ir al cine o para tomarte algo, en lugar de quedar en la biblioteca. Hombre, ya que vas a perder el tiempo, mejor perderlo en un lugar más entretenido, ¿no?

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De > quiero ser…

Mayo 2, 2008 · 4 comentarios

A) Jefe de las células del cuerpo humano, explorador, presentador del Babalà, abogado, actor, escritor de novelas románticas. Esas fueron las respuestas que dio a la pregunta “¿qué quieres ser de mayor?” a lo largo de su infancia y adolescencia. Tampoco fueron muchas. Lo de ser como Corín Tellado o Barbara Wood se le metió en la cabeza y pese a que el género -el de la novela romántica- era y es el más vendido en España y en tantos otros países, aunque sea una especie de fantasma que todo el mundo sabe que está ahí pero del que nadie habla, a sus padres no les hizo ninguna gracia. “Búscate una profesión sería”, le decían. Quizás si hubiera dicho “escritor de novela negra o de ciencia ficción” les habría entusiasmado la idea; ¡pero de novela romántica! Ya se imaginaban -horrorizados- a su único hijo, con unos cuantos años más, ataviado con una boa de plumas y los labios pintados, bailando al son de Rafaella Carrà.

 

B) -¿Ya sabes qué vas a hacer? -le preguntaba su mejor amiga.

-Me voy a meter en periodismo.

-¿¿Y eso?? ¿Pero no querías/

-De alguna forma tendré que pagar la hipoteca.

-Ja, ja… Bueno, ojalá sea lo mejor para ti.

-Sí… Yo creo que lo será. Ahora sólo falta que me llegue la nota.

-Te llegará.

 

C) Habría sido mejor que no le llegara la nota. Lo piensa cada día. Y en especial ahora, cuando se le avecinan exámenes de asignaturas que ni siquiera sabía que estaba cursando.  Se sorprende a sí mismo cada vez que se da cuenta de que, pese a todo, por una especie de inercia o de incapacidad para decidir, sólo le queda un año. Un año. ¿Y entonces qué?

-Odio el periodismo. Con todas mis fuerzas.

-¡Pero si estás acabando cuarto!

-¿Y qué?

-Pues que… Supongo que acabarás dedicándote a ello.

-No. Me montaré un bar o sangraré a mis padres hasta que muera.

-Ja, ja… ¿Y lo de vivir del cuento?

-Lo compaginaré con lo otro. 

-Ah… Pues fíjate que yo creía que te gustaba un poco…

-En absoluto. Además… Toma, lee -y le tendió un periódico.

 

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Botánica inmoral

Abril 30, 2008 · No hay comentarios

Citar a Céline en un artículo de opinión me valió, hace no mucho tiempo, un comentario absurdo por parte de un profesor que nunca me inspiró demasiado respeto. “Céline es una autor que hay que citar con tiento -señaló-; si supieras algo de él no lo habrías hecho”. Me quedé a cuadros. Pero no contento con eso -indignación in crescendo-, el tipo utilizó mi cita como ejemplo para que mis compañeros supieran lo que un periodista no tiene que hacer. “Céline, para quien no lo sepa, era simpatizante nazi”, concluyó. No sé cómo no estallé. Estuve a punto, es cierto, pero me pudo la certeza de que “el alumno siempre tiene las de perder” y de que tratar de defender a Céline, en el contexto de una facultad como la nuestra, era una pérdida de tiempo, además de una forma como otra cualquiera de ganarse enemistades. No es que eso me preocupe en exceso, todo sea dicho, pero en vistas a que a este ritmo ni siquiera estoy en el ecuador de la carrera, ”mejor ser prudente”, me dije. Y completé mi argumentación pro-autocontrol con un “peor para ellos, ellos se lo pierden”,  sacado probablemente de los diálogos de las fábulas de Esopo.  

El mismo profesor -sí, es un hombre que da para mucho- en una de sus últimas clases nos habló de Sainte-Beuve, uno de los más importantes críticos literarios del XIX que puso en práctica la ”botánica moral”, es decir, la aplicación de un análisis que identificase obra y autor, considerando imprescindible la interrelación entre la vida y los textos de un escritor.

“Mientras no nos hayamos formulado sobre un autor cierto número de preguntas y les hayamos dado respuesta, siquiera para nuestros adentros y en voz baja, no podremos poseer la certeza de abarcarlo por entero, por más que tales preguntas parezcan del todo ajenas a sus escritos: ¿cuáles eran sus opiniones religiosas? ¿De qué modo repercutía en él el espectáculo de la naturaleza? ¿Cómo se comportaba en lo tocante a las mujeres y al dinero? ¿Era rico, pobre, qué clase de vida llevaba, cómo era su vida cotidiana?”

Quizás por eso desprestigió a Céline. Y quizás por eso descartó la posibilidad de que yo supiera de qué pie cogeaba Louis-Ferdinand: de saberlo jamás lo habría citado. ¿Habría sido muy provocador decirle que Céline, curiosamente, es uno de mis autores favoritos? ¿Que me importa poco lo que hiciera en su vida o dejara de hacer, lo que defendiera o detestara, las veces que contrajo matrimonio o las veces que paseó borracho por las calles de París, porque los escritores no tienen que ser ejemplo de nada, ni modelo a imitar, ni por supuesto han de rendir cuentas a nadie acerca de su vida privada? ¿Que la prosa basta para descubrir el alma y que el yo del escritor, como decía Marcel, sólo se muestra en los libros? ¿Que la prosa de Céline arde en el pecho como un trago largo de tequila a palo seco? Quizás sí. Pero creo que le habría dado lo mismo.

En fin, todo esto venía por esto  y esto.

De verdad, no quiero saber nada.

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