Un genio del patinaje artístico, un Stradivarius del siglo XVII y un cantante que, arrodillado en el suelo, lucía pectorales. Estos tres elementos que aparentemente no guardan relación entre sí entusiasmaron a los europeos y determinaron, anoche, que Rusia ganara Eurovisión.
El listón, para qué vamos a engañarnos, no estaba muy alto. Pese a que no vi el festival entero, los resúmenes de las actuaciones me bastaron para reconocer, de entre las 24 canciones, a mis favoritas: Noruega, Dinamarca , Ucrania e Inglaterra. La de Rusia me gustó únicamente por una razón: Evgeny Plushenko. Bueno, me gustó, alegró y sorprendió a partes iguales.
Plushenko es El Patinador. Por delante incluso de Brian Joubert. Desde mi punto de vista, claro. Y, sí, el patinaje es el único deporte que puedo afirmar que me gusta de verdad. A Plushenko lo he visto por la 2 conseguir tres mundiales y cuatro europeos, y… En 2006 se lesionó y desde entonces estaba desaparecido. Es lógico que ayer me llevara una alegría al verlo… aunque no fuera sobre el hielo. Así que si los europeos votan en función de afinidades históricas, políticas y geográficas, yo -de haber votado- lo habría hecho exclusivamente por simpatía y admiración hacia el deportista ruso.
Por todo esto no pienso decir nada más de Eurovisión -festival caduco y cada vez menos serio, circo de horrores musicales-, ni del Chikilicuatre ni de las copazas que llevaba entre pecho y espalda el señor Uribarri y de lo viejo verde que es (sólo le faltaba gritar eso de “ay omá qué rica”). Mejor mirad este video de Plushenko, que además de ser El Patinador, como ya he dicho, es todo un hombre espectáculo.
o no, George Bush. La segunda serie, El circo, muestra la otra cara de la vida: la de la alegría y el placer. El colombiano contrapone, así, la crueldad abismal y el deseo de felicidad que anida, en realidad, en todos los seres humanos.





