Mi profesor de Ética, cuando estaba en el colegio, era cura, psicólogo y, por si eso fuera poco, también el director del centro. Era el hombre más soberbio que he conocido en mi vida (y digo era porque, bueno, por fortuna a todo cerdo le llega su San Martín, y a él la vida le bajó el ego), además de bastante machista. El resto de curas de mi colegio -considero oportuno aclarar esto- eran todos estupendos, hombres de bien, muy atentos, herederos del verdadero espíritu calasancio. Les encantaba enseñar, con eso lo digo todo. Pero a este hombre, el padre Z., a mí siempre me pareció que no. Lo cierto es que, respecto a él, el colegio estaba dividido: unos le amaban, otros le detestaban. Los primeros manifestaban su afecto, reían sus gracias -sin gracia-, apoyaban sus decisiones, actuaban como perritos falderos. Los segundos eran subordinados que sufrían en silencio.
La cuestión es que un buen día, el padre Z. llegó a clase e hizo la siguiente pregunta: “¿Cuántos televisores tenéis en casa?”. Uno por uno, todos mis compañeros fueron respondiendo. “¡Tres!, ¡Cuatro!, ¡Dos!, ¡Cinco y uno en el cuarto de baño!, ¡Todos tenemos una en nuestra habitación!, ¡Dos!, ¡Tres!”, etcétera. Yo, lo reconozco, estaba sudando. Me habría gustado desaparecer, o ser capaz de mentir, pero siempre se me ha notado en la cara. “Uno”, respondí roja como un tomate, con los ojos fijos en el tablero de mi mesa. Mis compañeros me miraron con compasión (en cuanto salimos al patio pusieron en marcha una colecta cuyos fondos se destinarían a comprarnos tres o cuatro televisores más), el padre Z. se mesó el bigote y yo me quería morir.
De eso hace bastante tiempo y, por fortuna, he conseguido superar el trauma. Pero en casa las cosas siguen por un estilo. Conservamos el televisor pleistocénico -un Thomson inmeeenso- hasta que a mi padre le regalaron un plasma JVC, hace un año, que está en la sala de estar. Aturdidos, nos sentimos incapaces de deshacernos de ese viejo aparato -entre otras cosas porque funcionaba divinamente, y en veinte años jamás se estropeó; no como los de ahora-, de modo que se lo dimos a mi primo, para que se lo llevara a su piso de estudiantes. Y tenemos, también, una televisión minúscula en el salón, que mis padres compraron hace no sé cuánto, que se ha convertido en el objeto de burla de mis amigos cuando vienen a casa. “Total, por lo que la vemos…”, les respondo siempre.
Y es que es cierto, mis padres no fomentaron nunca la cultura televisiva. Eso a lo largo de mi vida ha tenido sus desventajas (podía resultar un tanto excluyente no saber qué había pasado en el último capítulo de Médico de familia) y sus ventajas (demasiadas, como para enumerarlas), pero entiendo que hay mucha gente a la que le gusta la tele y que es capaz de tragarse la programación entera sin que se le indigeste. Para esa gente que desespera cuando todos los televisores de su casa están ocupados y que enloquece cuando su madre empieza a
hacer zaping, tengo una buena noticia: Zattoo. “TV sin televisor, gratis, cuando quieres y donde quieres”. Quizás, siendo tan televisivos, ya lo conozcan, pero a mí me lo descubrieron hace poco y en cuanto tenga tiempo me pondré a ver el Deutsche Welle, a ver si acostumbro el oído y puedo comunicarme con alguien cuando esté en Viena.





