De pequeña, cada vez que me peleaba con mi hermano pensaba que lo nuestro se había acabado para siempre, que ya nunca seríamos hermanos, y tal. En momentos así -tan críticos- increpaba a mis padres:
-¡Tened más hijos!
Ellos se miraban con cara de “vamos a tener que llevar a esta niña al gabinete psico-pedagógico del colegio”, y me veía obligada a añadir:
-¡Ser hija única es una caca!
Sí, ya sé que he dicho que tengo un hermano. Pero también he dicho que cuando nos peleábamos, dejábamos de serlo, ¿cierto? No sé cómo mis padres no enloquecieron. O cómo no enloquecí yo, claro.
Ahora que ya no me peleo a muerte con mi hermano preferido, sigo pensando que no me habría importado que fuéramos unos cuántos más. Una familia numerosa, ya sabeis. Pero sólo por unos días, para probar qué tal. Claro que hay familias numerosas, familias nuuumerosas, familias nuuuumeeeeerosas y tribus de “jilipollas”. A este último grupo pertenecen los Duggar.
Los Duggar son una familia norteamericana -si no, no se entiende- que reside -atención- en Tontitown, Arkansas. Los factores que los convierten en una tribu de “jilipollas”, como decía antes, son varios. Voy a tratar de explicarlos:
Los Duggar, Jim y Michelle, tienen -tomad aire- diecisiete hijos (17). Y están esperando el dieciocho (18). No va de coña. Y el nombre de todos ellos (10 chicos y 7 chicas) empieza por jota (j). Por eso lo de “jilipollas”.
La euforia reproductiva de los progenitores tiene, cómo no, raíces religiosas. Pertenecen a un “movimiento evangélico” -llámalo secta- conocido como Quiverfull, que califica a los hijos como “una bendición de Dios” y anima a tener tantos como el cuerpo aguante. Sí, da miedo, mucho miedo. Pero lo cierto es que Michelle ha de tener, además de un cerebro sempiternamente fuera de servicio, los genes de una superheroina. Diecisiete hijos, joder, me duele sólo de pensarlo. Claro que para ella, tal y como me confesó ayer en una conferencia telefónica, traer a un niño al mundo es “más fácil que sacarme un moco de la nariz”. Pues eso.
Al tratararse de una familia evangélica, los hijos no son escolarizados, sino que son Jim y Michelle los que les educan en casa. Vale. Me pregunto cómo se las apañarán. Y lo que es peor: qué c*** les enseñarán. Si es que les enseñan algo además de a cambiar pañales y a preparar papillas. El hijo mayor, Joshua James, aún no se sabe la tabla del cinco. Su padre le dijo “hijo, ten paciencia, cuando el número 18 aprenda a hablar os enseñaremos a todos a la vez. Ahora anda al bar de Joe el Ballena y mira a ver si encuentras a una buena chica, para…, ya me entiendes, ¿no?, jie, jie, jie… Que como sigas tan empanao’ no podrás superarnos a mamá y a mí. Jie, jie, jie…”. That’s right. Lo que sí espero, por el bien futuro de las niñas, es que la madre ja-más les hable en plan de mujer a mujer.

Alguien podría creer que los Duggar tienen hijos “por amor a Dios”, como ellos mismos afirman, pero en realidad lo que quieren es figurar. Salir en los periódicos, evangelizar y que la gente participe en la votación online para escoger el nombre del vástago que ahora esperan. ¿Puede haber algo más atroz? Pero, claro, han recurrido a este método porque su -corta- imaginación ya no daba para más. En cuanto los internautas decidan la mujer ya podrá ir bordando el nombre en un babero -como los otros diecisiete que bordó en su momento- para no olvidar cómo se llama su pequeño.
Los señores Duggar se han tomado la paternidad como un juego, “venga, Michelle, a ver si entramos en el libro Guinnes”, y sus hijos, en realidad, no les importan un pimiento. ¿Qué calidad de vida les han dado?
¿Qué ejemplo? ¿Cuántas conversaciones de más de dos minutos habrán mantenido entre ellos? ¿Qué futuro les espera a unos niños que ni siquiera están escolarizados? ¿Qué clase de padres son? Jim Duggar además de ser un excéntrico que condena a sus hijos a llevar su inicial, es un retrógrado y un tarado. Pero su esposa es peor. Una mujer que se ha pasado 135 meses de su vida embarazada, que pone seis lavadoras al día, que ha cambiado más de 90 000 pañales, ¿qué ha podido hacer por sus hijos? Ni siquiera creo que se haya parado a pensar en el riesgo al que se exponía con los 18 embarazos. Tampoco creo que haya pensado en que podía haber dejado a todos sus hijos huérfanos. Es una abnegada, una retrasada mental a la que deberían ligarle las trompas. Los dos me dan asco. Sus hijos, en cambio, víctimas de la inconsciencia paterna, me dan pena, mucha pena. Su situación me ha hecho recordar una afirmación de Kundera:
El campo de concentración es un mundo en el que las personas viven permanentemente juntas, de día y de noche. La crueldad y la violencia no son más que rasgos secundarios (y no imprescindibles). El campo de concentración es la liquidación total de la vida privada.
La familia, a veces, es comparable a un campo de concentración, por eso, por la absoluta ausencia de intimidad. La de los Duggar, sin duda y lamentablemente, ha de serlo.