Hola queridísimos lectores, ansiosos de más entradas de las últimas mujeres.
Siento, sentimos, el retraso de la vuelta. Es difícil volver a la rutina después de unas vacaciones (merecidísimas). En nombre de todas nosotras, me reitero: sentimos el retraso.
Durante este curso va a ser complicado que escribamos tan a menudo como el pasado. Cada una de las componentes de este blog está en una parte distinta de Europa (bueno dos están juntas) y, como imaginaréis, en circunstancias Eramus nadie sabe lo que puede pasar.
Espero que nos hayáis echado de menos y que no nos hayáis olvidado porque ya estamos de vuelta.
Y para volver a la rutina he pensado en contar con vuestra participación: espero que podáis contarnos que habéis hecho este verano, cómo lo habéis pasado y si tenéis alguna anécdota graciosa que destacar. Así la vuelta será menos dura, aunque más nostálgica.
Bueno, este post lo escribo justo después de pasar dos horas viendo un partido de fútbol (interesante, ya que a mí el fútbol no me gusta mucho). Pero no un partido cualquiera, no. Un España – Italia, en la Eurocopa. Se trataba de un partido emocionante, la verdad, ya que España no había ganado a Italia en 88 años en un partido oficial. Por otra parte, España no suele pasar de cuartos precisamente, así que las expectativas no estaban por las nubes; pero ya se sabe, la esperanza es lo último que se pierde.
Y, como casi nadie esperaba (aunque digan ahora lo contrario), ESPAÑA HA GANADO. Sí, ha ganado y ha pasado a semifinales lo que ha puesto a los jugadores y a la afición loca de alegría. El partido ha sigo largo, sin goles y hemos tenido que esperar a los penalties para sentir esos nervios en el estómago que da un partido de fútbol.
No voy a daros detalles del partido ni a analizar las jugadas porque como ya os he dicho no me gusta mucho, ni mucho menos entiendo. Pero desvariaré un poco de lo que me ha parecido el partido. La verdad que Cuatro ha preparado una gran campaña pro-eurocopa y ha hecho que los españoles nos uniésemos un poquito más alrededor de nuestros queridísimos jugadores (al menos hoy, que han ganado).
“Hemos roto el maleficio”, al menos eso aseguran todos los comentaristas que han hablado desde que ha terminado el partido. Y yo que me alegro, porque la verdad es que en los penalties casi me da un patatus frente al televisor. Aún tengo el trauma de cuando el Valencia perdió la Champions contra el Bayern en los penalties. Lo admito, lloré, sobre todo viendo a Cañizares y a los demás tan desalentados y caídos en una profunda miseria. Pero bueno, a lo que iba, que odio los penalties, y aunque jugara el Bosco contra el Escolapios (la categoría de cadetes) en los penalties, yo m pondría cardíaca.
Pero bueno, lo importante es que hemos ganado. Ya veremos si seguimos haciendo historia, que yo espero que sí. Y que seamos civilizados; que celebremos los goles y que nos alegremos, pero evitemos las peleas, los enfrentamientos, etc. Que sí, que es muy importante para muchos, pero sólo es un juego, al fin y al cabo.
Ahora, a por ellos, oeee; a por ellos, oeeee. A seguir con las reuniones con los amigos, con las cervecitas, las olivitas, etc. A animar a Luis, a Casillas, a Villa Maravilla, a Cesc y a todos los que forman parte del equipo. A concentrarnos en casas, bares, campos de fútbol, plazas… En definitiva, a animar a España todos juntos.
Si habéis decidido leer este post es, bien porque me conocéis y os lo he pedido, bien porque al ver el título os ha apetecido meteros conmigo en los comentarios. Sea cual sea vuestro caso, lo reitero: los anuncios molan. Seguro que todos vosotros, si os ponéis a pensar, recordáis esos momentos en que han interrumpido la parte más interesante de lo que estabáis viendo para poner los dichosos anuncios. Os cabreastéis, seguro, y también os indignaestéis (sobre todo si era en cadenas como Antena 3 en que los anuncios duran casi media hora); pero también aprovechastéis para:
Ir al baño
Recoger la mesa
Ir a por el móvil, a por una coca-cola, a por picoteo diverso…
Ducharos (sí, da tiempo a ducharse en algunos casos)
Cambiar de canal y descubrir que te gusta más lo que hacen en otra cadena
Hacerle cariñitos a tu pareja, a tu perro, a tu peluche, a ti mismo…
Sí, desde luego, habrá más cosas que puedas hacer (si alguien quiere dar ideas, siempre está invitado). El caso es que si no hiciste nada de eso y te quedaste a ver los anuncios tranquilamente sin hacer mención de la madre de nadie, puede que algunos de los anuncios te llamaran la atención, te gustaran, te hicieran reír y consiguieran que, por un momento, no odiaras a todos los publicistas habidos y por haber.
El caso, que yo me he puesto a mirar por el youtube, a ver si veía alguno de los anuncios que tanto me habían gustado. Ja! He encontrado algunos, y os los pongo aquí (para que aún veáis más y más anuncios, hasta el fin de los tiempos).
El primero que os pongo es el nuevo anuncio de Trina. No me preguntéis por qué, pero a mí me parece gracioso y me gusta verlo. A ver si os contagio y os gusta también:
Bien, el segundo es el de Endesa (que yo no recordaba ni qué anunciaban). En este salen unos niños reivindicando su derecho a tener hijos. Mi preferido es el que tiene un megafono y grita: “sin exagerar, que todo tiempo pasado fue mejor, ¡NO ME LO CREO!”. Pues yo tampoco, ale:
Otro de los anuncios de los que me acordaba y que está en mi lista de favoritos es ese en que salían unos peluchillos por parejas que querían llegar al coche que se anunciaba. Al final se dejaban a la pareja de la cerdita, es decir, al cerdito (me dio muchísima pena, la verdad):
Por último, y no por ello menos importante, os pongo el anuncio que nos hizo cantar a todos y bailar como unos idiotas en el coche:
Pues eso, aquí están algunos de los anuncios que me han gustado (que he conseguido recordar y encontrar). Tenéis permiso (por no decir la obligación) de escribir para defender a vuestros anuncios favoritos del odio de la sociedad.
Empieza, como todos sabemos, la temida, agobiante y aburrida época de exámenes. Bueno, aburrida no para todos. Desde hace dos semanitas o así las bibliotecas de Humanidades y de Tarongers, por ejemplo, empezaron a abrir las 24 horas, todos los días. Parece excesivo que sea necesario abrir durante un mes sin pausa ni interrupción, pero para los que nos despistamos con una hormiga es de agradecer, la verdad.
Así, la calle de Artes Gráficas (os hablaré de esta en concreto que es la que más familiar me resulta) se ha convertido en un desfile de estudiantes a todas horas, fumando, con mochilas, con coca-colas, zumos, botellas de agua… buscando aparcamiento, además de a algunos amigos con los que intentar amenizar una velada un tanto pesada.
Otro cambio que salta a la vista es, que cuando llegas a la biblioteca y le enseñas tu preciado carné universitario al seguridad, tienes que empezar la difícil tarea de encontrar un sitio disponible en el que sentarte. Entras a tres o cuatro salas (en las que haces ruido sin querer y te miran todos con cara de “¡No ves que me estás molestando!”) hasta que encuentras un hueco en el que sentarte y empezar tu sesión estudiantil.
El problema es que la biblioteca no es siempre un lugar de buenas intenciones. Anoche, por ejemplo, después de ocho horas trabajando decidí convertirme en una persona responsable y me acerqué por allí, para estudiar. Pero más que una biblioteca aquello parecía un pub de moda. Porque está claro, en época de exámenes, en lugar de ir a pegarse unos bailoteos, la gente va a la biblioteca. De cuatro salas en las que entré, no había ni un sitio libre, eso sí tampoco había más de tres personas en cada sala. Sólo estaban los apuntes, guardando sitio, más solos que la una.
Seré sincera y diré que no estuve más de dos horas estudiando, pero fue suficiente para ver el ambiente. Grupillos riéndose, enviándose notitas y hablando en los pasillos. Gente tomándose descansos de horas ocupando un sitio que, tal vez, otras personas podrían aprovechar mejor (más que nada porque sí iban a estudiar).
En fin, no soy quién para quejarme, pero pienso que convertir las bibliotecas en el lugar de moda durante un mes es una tontería. Vale la pena quedar para ir al cine o para tomarte algo, en lugar de quedar en la biblioteca. Hombre, ya que vas a perder el tiempo, mejor perderlo en un lugar más entretenido, ¿no?
Ya se habló hace tiempo en este blog de la manía que les ha entrado a las mujeres por no comer, hacer deporte y estar delgadas, delgadísimas como las modelos de las revistas y de las películas. He dicho a las mujeres, como si yo no lo fuera, porque a mí esa manía no me ha entrado; más que nada porque comer y tumbarme en el sofá se encuentran entre mis aficiones favoritas.
Sin embargo, y aunque me tachen de superficial, yo os quería hablar de chicos, de chicos muy, muy guapos. ¿Por qué? Pues porque gracias al trabajo de última hora, a los exámenes, a los trabajos finales y a la falta de tiempo me he puesto a echar de menos a mis amigas (compañeras de textos en esta página) y he recordado una gran noche. No contaré los detalles, pero os resumo: hamburguesas, sangría y sing star.
Bueno, que me voy del tema. La cuestión es que para animaros, queridas lectoras (y también lectores, por supuesto), he pensado abrir un debate sobre qué actores, cantantes, modelos… os quitan el hipo, os dejan absortas pensando: aiiis, ¡yo a ti sí te hacía un favor…!
Para empezar, yo os hablaré de mis favoritos, de los más guapos de mi lista:
- En cuarto lugar encontramos a Patrick Dempsey, que por si no lo sabéis, es el Doctor Macizo de Anatomia de Grey. Sí, Derek Shepherd, ese moreno tan guapo que hace de neurocirujano dulce, cariñoso y encantador.
- Siguiéndole muy de cerca encontramos a mi amor platónico, aquel que consiguió que me interesara por el fútbol. Santiago Cañizares, con sus ojos verdes, esos cambios de look y esa forma de vestir tan rarita (o ridícula, como dirían algunos).
- En segundo lugar está uno de los hombre más atractivos de la televisión: Olivier Martínez. Si no sabéis quién es (que lo dudo muchísimo) alquilad la película de Infiel porque os aseguró que os encantará.
- Y, tachán, tachán, el ganador para mí siempre será ¡¡HUGH GRANT!! No sólo me gusta él, me gustan todas sus comedias románticas y el papel que hace en ellas.
Pues ya está. Aquí os dejo mi lista. Espero que os animéis y que participéis. A ver si así conseguimos animarnos un poquillo a pesar de las épocas en las que nos encontramos.
Hay días en los que todos estamos cansados, esos día negros en los que no te apetece levantarte de la cama y sólo quieres que pase muy muy rápido. Puede ser por miles de cosas: tu novio te ha dejado, no has estudiado para el examen, tienes problemas en casa, saliste el día anterior, has discutido con tus amigos… La cuestión es que estás hasta el moño del mundo y de sus habitantes, de tus obligaciones, de todo. Pues bien, yo te propongo aquí muy buenas opciones para alejarte de toda preocupación, para descansar de todo y sentirte mejor.
La primera de ellas es muy sencilla. Alquila dos, tres, cuatro DVD’s (o bájatelos de Internet, es que yo soy muy tradicional y aún voy al videoclub), los títulos que más te gusten. Yo siempre escojo comedias españolas, a mí me encantan. Compra helado, muuuuucho helado: chocolate, dulce de leche, nata, vainilla con cookies… Elige el que más te guste. Por último rescata de tu armario la manta esa a la que le tienes más cariño, la más calentita y la más cómoda. Ya sólo te queda tumbarte en el sofá, encender el televisor y ver a oscuras todas las películas mientras comes helado. Es un plan perfecto y no importa si lo haces tú sólo o acompañado.
La segunda opción es mucho mejor, más divertida al menos. Coge el coche y ponte a conducir. Tienes que llegar lejos, muy lejos. Durante el trayecto pon tus canciones favoritas, las que te sabes de memoria, las que has cantado millones de veces. Pon el volumen altísimo, baja las ventanillas y deja que el aire te despeje. Y ahora canta, o mejor grita; desahógate y vacía tus pulmones, deja atrás todo el agobio que llevas encima. Una variante de esta opción es un karaoke en casa, o la radio a todo volumen, ambas son igual de divertidas.
La última opción que te propongo yo aquí (a pesar de que hay montones) es quedar con tus amigas/os, ir a tomar algo y charlar. Hablar de todo y de nada, como suele pasar. Beber unas cervezas, tomarte unas bravas, unas almendritas o un poco de sepia. Disfrutar de la compañía y ver el mundo con otro ojos.
Espero que os sirva para animaros un poco en los malos días. También sirve para afianzar los buenos días. Porque ya sabéis, la vida es corta y hay que disfrutarla.
Parece mentira lo listos que somos para unas cosas y lo estúpidos que somos para otras muchas. Hoy que tenemos tantos avances y disfrutamos de tantas comodidades, hacemos unas locuras que son incomprensibles, la verdad. Me indigna la facilidad de algunos para retar al destino, para jugar con su muerte y con la de los demás. No lo entiendo.
¿Cómo es posible que todavía hayan personas que vayan en coche sin el cinturón de seguridad? O peor, que dejen a sus hijos que vayan en el coche sin ponérselo, a sus amigos, a sus seres más queridos. ¿Es que no han visto aún ningún anuncio de la DGT? ¿No saben cuánta gente muere por no habérselo puesto?
Tampoco entiendo cómo pueden haber chiquillos de dieciséis años que van en moto sin el casco (no vayan a despeinarse, ¡por favor!), haciendo piruetas, caballitos, compitiendo en carreras con sus amigos… Sin miedo, sin ningún miedo a caerse, a atropellar a algún peatón despistado o tener un accidente.
Me cabrean los que creen que con unas copas de más controlan. Los que piensan que el límite de alcoholemia es una broma y que no pasa nada por coger el coche cuando no eres capaz ni de caminar en línea recta. Los que están de risas con sus amigos y no ven ese semáforo en rojo o esa señal de stop.
Porque no miden las consecuencias de sus actos. Porque les da igual lo que les pase, no sólo a ellos también a quienes les acompañan en la carretera. ¿Qué pasará si ocurre algo? ¿Cómo se sentirá su madre, su novia o su abuela si les llama la policía en plena noche?
Desde siempre me ha costado mucho ponerme a escribir cuando me encuentro ante un papel en blanco. No soy capaz de encontrar un tema y, si lo encuentro, lo que me cuesta es expresar lo que me pasa por la cabeza. Para algunos es muy fácil decir lo que quieres o simplemente se les da mejor. Así que para los que, como yo, se ven un poco cohibido por lo que se suele denominar como comunicación escrita (tengo malas experiencia desde primero de carrera), os recomiendo un libro fácil de leer y bastante entretenido de Joseph López Romero: El camino de las hormigas:
Desde el punto de vista de Josep López Romero, autor del libro, escritor y periodista, el camino de las hormigas nos transmite, en forma de situación cotidiana, 29 + 1 pequeños consejos para mejorar nuestra comunicación escrita. Muchas personas se ven en la necesidad de producir textos escritos con asiduidad. Aquí pueden encontrar, como el propio autor lo define, un libro de autoayuda. Éste puede ayudar, a aquellos que no se vean capaces, a desenvolverse con un poco más de soltura en el ámbito de los textos escritos. Empezando por la preparación de la persona, por su concienciación, y siguiendo por el contacto con el texto. Intentando conseguir esa armonía entre lo que se quiere decir y lo que se dice.
En el libro también se destaca la importancia de sentirse seguro de uno mismo pero sabiendo aceptar las críticas y sin pecar de vanidoso. Aprender a pedir ayuda o a consultar otros libros, documentarse correctamente, es importante cuando se necesite, al igual que saber diferenciar entre lo que está bien y lo que está muy bien. Josep López Romero lo explica así: “…las buenas ideas sólo aparecen (…) cuando aprendes a descartar diez que podrían ser buenas para quedarte sólo con la que es buena de verdad”.
Un libro lleno de reflexión sobre la necesidad de encontrarse a uno mismo, conocer nuestras habilidades, pero también nuestras limitaciones. Avanzar y retroceder, corrigiendo nuestros errores, sin perdernos en el camino. Perseverancia, esfuerzo o constancia son valores a los que se el libro remite en todo momento, dándoles una gran importancia y cediéndoles el propio título. Compara el camino del escritor con el de las hormigas, que no cesan hasta que consiguen su objetivo.
Si os hablo de la canción más reproducida en directo en España puede que no sepáis de qué estoy hablando. Sin embargo, si os pregunto por la canción que se escucha en cualquier boda, bautizo o barra libre fallera en la que dos filas de personas abrazadas por los hombros se mueven de un lado gritando: “¡eh!”, puede que ya os suene un poco más.
Este reconocidísimo pasodoble fue compuesto, hace ya setenta y un años, por Gustavo Pascual Falcó en honor de su cuñado Francisco Pérez Molina, que era (como no podía ser de otra forma) el chocolatero del pueblo.
Pues aunque ninguno de nosotros, supongo yo, decida ponerse a escuchar pasodobles cuando está en casa, en el coche o con el mp3; ninguna canción está a la altura de Paquito el Chocolatero cuando se trata de revolucionar las pistas e baile después de unas copas. Cualquier español, e incluso más de uno que no lo sea, conoce, ha cantado y ha bailado este éxito en más de una ocasión, bien sea en la boda de su prima segunda o en aquella carpa de su antiguo amigo del colegio.
Después ha sido versionado, por King África por ejemplo, pero la esencia sigue siendo la misma: conseguir que toda la discoteca se ponga de acuerdo a la hora de bailar este pasodoble, se ría y se divierta. Así que ya sabéis, el rey de la fiesta es español y no hay evento que se precie sin su presencia.
La época en la que se vive marca mucho la historia de las personas, así como las circunstancias que determinan su vida. A partir de la lectura de Homo videns y de Historia de una maestra podemos advertir como la sociedad ha ido cambiando, evolucionando; y también como el ser humano cambia su papel para adaptarse a esos cambios.
El libro de Josefina R. Aldecoa nos enseña, gracias a la experiencia de una maestra, los tiempos de la República en España. Aquellos sueños rotos, las esperanzas olvidadas, la lucha por una educación mejor, o quizá solo diferente. Nos muestra una época difícil, un clima de revolución, de cambios sociales y políticos… todo ello relacionado con el amor a la entrega, a la búsqueda de una superación personal, con la persecución de un sueño más allá de las imposiciones sociales.
Sin embargo, Giovanni Sartori pretende que veamos un mundo más desolador, aunque también más actual. Un mundo en el que el ser humano ha olvidado las relaciones personales, dónde predominan los individuos solitarios y la comunicación es cada vez menos personal. Totalmente informados, nos vemos dominados por los medios audiovisuales y perdemos la capacidad de pensar por nosotros mismos. Una reflexión en forma de crítica que se horroriza ante la decadencia del ser humano, ante el irrefrenable paso a una multitud solitaria, que no sabe pensar y que está totalmente sumisa a las directrices de la televisión.
El papel del maestro se ve de forma muy clara en el primero de los libros, en el que la ilusión y la fuerza de voluntad de la protagonista está de manifiesto durante todo el relato. Porque el papel fundamental del maestro empieza por eso mismo, por la dedicación, y los alumnos lo agradecen y perciben esa satisfacción que siente un buen maestro cuando enseña. Son los maestros los que tienen la posibilidad de salvar a los niños del mundo catastrofista que Sartori avecina. Inculcar en ellos la importancia del saber, de la curiosidad, de aprender cosas nuevas, de leer… impedir que se dejen llevar por la masa o por las modas, hacer de cada niño una persona independiente con capacidad propia para pensar y tomar decisiones.
Es muy complicada la tarea que tiene el maestro, además de sacrificada. Exige mucho esfuerzo y una pasión desmedida que le impida decaer ante las adversidades. Los niños dependen de él, confían en él y se apoyan en él en sus peores momentos y el maestro debe saber qué palabra o qué gesto es el más conveniente en cada caso.
Sin embargo, no todo es sacrificio en esta profesión. La gratitud de saber que estás haciendo un buen trabajo y que los alumnos progresan y te respetan. Además el aprendizaje no es unilateral, el maestro también aprende de sus alumnos, lo que le puede servir para mejorar sus clases y para evolucionar, no sólo en su profesión, sino también como persona.
En definitiva, para ser maestra, lo primero es querer. Ver en los niños el futuro y ayudar a formarlos; soñar con un futuro diferente y tener valor para adentrarse en él y ser un eslabón más de la cadena.
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