Truman Capote fue un maestro de seducción, un especialista en crear personajes genuinos, magnéticos e inolvidables. Personajes como el encantador e ingenioso P. B. Jones al que quisiéramos tener de amigo; otros que ojalá fueran de carne y hueso y se dejaran querer, tal es el caso del huérfano Collin Fenwick, y otros o, mejor dicho, otras a las que nos gustaría parecernos. Porque si algo sabía Capote, además de que era un genio, tal y como se autodefinió en Música para camaleones, era dar vida a mujeres que de manera aislada condensaban en sí mismas todo el complicado universo femíneo.
De entre todos ellas destaca una estrella del Nueva York más sofisticado, una amante de los lujos que atractiva sin ser guapa rompe a su paso corazones. Con ustedes, la que tomaba el Desayuno en Tiffany’s: la incomparable Holly Golightly. Capote logró que esa novela corta le terminara de consagrar y, también, que se consagrara por sí misma. Años más tarde la historia fue llevada al cine por Blake Edwards y protagonizada por la eterna Audrey Hepburn. Holly Golightly pasó a formar parte, así, del Olimpo de los mitos; pero pese a su fulgor, no fue la única mujer -aunque sí la más importante- en la vida literaria del norteamericano y no sería justo, por tanto, olvidar a Grady McNeil y Kate McCloud. La primera, una adolescente nacida en lo más alto de la escala social, enamorada de un judío, veterano de guerra, de clase muy baja; la segunda, una mujer madura que supo jugar bien sus cartas, y logró ascender hasta la cumbre de Estados Unidos gracias a su matrimonio con un multimillonario, a quien dio un hijo. Les unen, sin embargo, cierto halo de cliché, la tragedia y el hecho de que las novelas en las que aparecen, Crucero de verano y Plega
rias atendidas respectivamente, no fueron concluidas. En contraposición a ellas, se encuentra la original Dolly Talbo, mi predilecta. Dolly es, en mi opinión, el personaje femenino más asombroso y vivo de cuantos salieron del corazón y de la pluma de Capote, y eso que El arpa de hierba fue la tercera de sus novelas. Pese a su convencionalismo inicial, experimenta a lo largo de las páginas una inusitada evolución. O tal vez sería más correcto hablar de revolución. Abandona a su hermana, para quien trabajó durante toda su vida; se instala en una cabaña en la copa de un árbol y, contra todo pronóstico, ya bien entrada en años, descubre el amor. Su osadía le permite romper con todo y vivir, por fin, a su manera aunque sea durante poco tiempo.
Capote siempre se mostró mucho mejor al ocuparse de los ricos que de los pobres pues, después de todo, como afirmó Alan Schwartz, su amigo y abogado, “sus gustos se inclinaban por lo exquisito, por la fantasía, el brillo, la belleza de las insinuaciones”. Y, cómo no, por las femmes fatales, genuinas, magnéticas e inolvidables, víctimas de un rasgo común a todas las obras de este autor: el temblor de que una vez, en algún lugar inconcreto, se perdió la posibilidad de ser feliz.






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