Recuerdo que un día escribí sobre las bodas…sí, no hace mucho. Ese tipo de enlaces marcan, y créanme lo hacen de tal modo que esperas que nunca te vuelvan a mandar una invitación de esas, sobretodo cuando ves a los flamantes esposos que acaban de regresar del New York y de la exótica Punta Cana tras diez horas de viaje.
El reencuentro se ha producido en uno de estos actos ’solemnes’ (de solemne más bien poco), y de esos que también me encantan: las comuniones. Éstas son más sutiles, no te dan el número de cuenta para ingresar el dinero pero te dicen cómo y dónde puedes encontrar la lista de los regalos y elegir uno acorde con el resto…si la mochila es Puma, hombre faltaría más que el estuche, la toalla…no lo fueran. Antonia le compra la Wii, Pepe la PSP, la cadenita, el reloj…y así hasta cientos de ellos. Luego el nene los expone, orgulloso, tendidos sobre la cama mientras todos buscan con la mirada -y con la palabra- el que TÚ le has regalado.
El álbum de fotos, con los diferentes efectos como el blanco negro, o tocando el violín -¿Por qué todos tocarán el violín?, no sé a quién se le ocurrió pero los fotógrafos están algo obsoletos-, con los hermanos, la mami y todos. Todos hiperhistéricos a la llegada de la Iglesia porque el niño ¡va a tomar su primera comunión!, y más bien la última creo yo. No se me apuren pero les apuesto a que el 60 % de esos niños no vuelve por allí. Y no me extraña, no es que ahora me haya dado por darles sermones filosóficos a favor del anticatolicismo o dígase anti cualquier religión pero es que lo que veo no me deja opción. El respeto se ha perdido completamente, las comuniones creo que más bien son una manera de reunión de toda la família, porque en el acto de la comunión echas un vistazo y como mucho se encuentra uno a los papis del -¿comulgador, comulgante, comuniante?; me preguntaban esta mañana- y porque son los padres de la criatura. Y por si fuera poco la gente que decide entrar a la eucaristía no es capaz de comportarse, tan sólo guardar silencio durante una hora aproximadamente ¿Qué es lo que aprenden esos niños, entonces? Pues lo que ven de sus mayores…y me parece deprimente no saber ya ni guardar las formas.
El banquete es otra cosa, y no la comida eh, el banquete… porque ya sabemos ‘quant més sucre més dolç’ y es un día -o varios- para devorar como cosacos, porque la comida es como se dice ‘by the face’. Llega pues el momento de compartir la mesa con familiares que no ves en mucho tiempo -desde la última comunión- y los momentos embarazosos de tragar saliva y comer, porque tienes que guardar las formas.
En estos momentos siento una especie de hipocresia salvaje y de pena por el ser humano, somos tan materialistas que a veces ya no sé que pensar. De lo buenecito de estos encuentros es que entre la situación embarazosa surge un atisbo de intento de conversación que te deja bocaditos de felicidad, y alguna que otra frase como la de un tal Manolo que hacen que una se deleite; mira Elena recuerda esto: “la libertad es inversamente proporcional a la responsabilidad que ejerce cada uno”.






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María // Mayo 12, 2008 en 10:08 am
Eh, pues yo también estuve de comunión ayer y la celebración fue conmovedora. Había una niña del coro que cantaba como un ángel… Se me saltaron las lagrimillas, y todo. Aunque, claro, eso tampoco es muy difícil…
Está claro que para muchos simplemente se trata de consumir sacramentos, de montar el paripé y de pasar un buen día, pero alguno habrá para quien no lo sea. La Iglesia tendría que ponerse un poco más estricta con este tema -y abrir un poco la manga, con otros-, qué sé yo, hacerles un test psicotécnico a los padres, no sé, ahora mismo no se me ocurre nada, pero controlar un poco…Claro que entonces se le tacharía de retrógrada, bla, bla, bla, y sólo comulgarían tres niños, y como las celebraciones dejan bastante dinero, ahora que el Estado ya no les da, necesitan sacarlo de algún lado…
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