La época en la que se vive marca mucho la historia de las personas, así como las circunstancias que determinan su vida. A partir de la lectura de Homo videns y de Historia de una maestra podemos advertir como la sociedad ha ido cambiando, evolucionando; y también como el ser humano cambia su papel para adaptarse a esos cambios.
El libro de Josefina R. Aldecoa nos enseña, gracias a la experiencia de una maestra, los tiempos de la República en España. Aquellos sueños rotos, las esperanzas olvidadas, la lucha por una educación mejor, o quizá solo diferente. Nos muestra una época difícil, un clima de revolución, de cambios sociales y políticos… todo ello relacionado con el amor a la entrega, a la búsqueda de una superación personal, con la persecución de un sueño más allá de las imposiciones sociales.
Sin embargo, Giovanni Sartori pretende que veamos un mundo más desolador, aunque también más actual. Un mundo en el que el ser humano ha olvidado las relaciones personales, dónde predominan los individuos solitarios y la comunicación es cada vez menos personal. Totalmente informados, nos vemos dominados por los medios audiovisuales y perdemos la capacidad de pensar por nosotros mismos. Una reflexión en forma de crítica que se horroriza ante la decadencia del ser humano, ante el irrefrenable paso a una multitud solitaria, que no sabe pensar y que está totalmente sumisa a las directrices de la televisión.
El papel del maestro se ve de forma muy clara en el primero de los libros, en el que la ilusión y la fuerza de voluntad de la protagonista está de manifiesto durante todo el relato. Porque el papel fundamental del maestro empieza por eso mismo, por la dedicación, y los alumnos lo agradecen y perciben esa satisfacción que siente un buen maestro cuando enseña. Son los maestros los que tienen la posibilidad de salvar a los niños del mundo catastrofista que Sartori avecina. Inculcar en ellos la importancia del saber, de la curiosidad, de aprender cosas nuevas, de leer… impedir que se dejen llevar por la masa o por las modas, hacer de cada niño una persona independiente con capacidad propia para pensar y tomar decisiones.
Es muy complicada la tarea que tiene el maestro, además de sacrificada. Exige mucho esfuerzo y una pasión desmedida que le impida decaer ante las adversidades. Los niños dependen de él, confían en él y se apoyan en él en sus peores momentos y el maestro debe saber qué palabra o qué gesto es el más conveniente en cada caso.
Sin embargo, no todo es sacrificio en esta profesión. La gratitud de saber que estás haciendo un buen trabajo y que los alumnos progresan y te respetan. Además el aprendizaje no es unilateral, el maestro también aprende de sus alumnos, lo que le puede servir para mejorar sus clases y para evolucionar, no sólo en su profesión, sino también como persona.
En definitiva, para ser maestra, lo primero es querer. Ver en los niños el futuro y ayudar a formarlos; soñar con un futuro diferente y tener valor para adentrarse en él y ser un eslabón más de la cadena.






2 respuestas so far ↓
Andrés Milleiro // Abril 30, 2008 en 9:14 am
El tema de la República siempre se dijo…pero no creo que volver a una República implícitamente mejore nuestra educación (pese a ser republicano), simplemente el poder lo tuvieron un grupo de personas tremendamente implicadas por cosas como la educación y la lectura, cosa casi impensable en la clase política actual…
María // Abril 30, 2008 en 12:14 pm
No todo es responsabilidad ni culpa del maestro. El maestro ha de completar -desde mi punto de vista- la educación recibida en casa. Si eso falla, ya puede estar motivado el maestro que dejará pronto de estarlo.
Y lo del “respeto al profesor”, lamentablemente, es cosa de otros tiempos.
Recomiendo la lectura de “El profesor”, de Frank McCourt. Novela que, por lo que cuentas, podría hallarse a camino entre el optimismo de Aldeoca y el catastrofismo de Sartori.
Bienvenida, Cris.
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