Citar a Céline en un artículo de opinión me valió, hace no mucho tiempo, un comentario absurdo por parte de un profesor que nunca me inspiró demasiado respeto. “Céline es una autor que hay que citar con tiento -señaló-; si supieras algo de él no lo habrías hecho”. Me quedé a cuadros. Pero no contento con eso -indignación in crescendo-, el tipo utilizó mi cita como ejemplo para que mis compañeros supieran lo que un periodista no tiene que hacer. “Céline, para quien no lo sepa, era simpatizante nazi”, concluyó. No sé cómo no estallé. Estuve a punto, es cierto, pero me pudo la certeza de que “el alumno siempre tiene las de perder” y de que tratar de defender a Céline, en el contexto de una facultad como la nuestra, era una pérdida de tiempo, además de una forma como otra cualquiera de ganarse enemistades. No es que eso me preocupe en exceso, todo sea dicho, pero en vistas a que a este ritmo ni siquiera estoy en el ecuador de la carrera, ”mejor ser prudente”, me dije. Y completé mi argumentación pro-autocontrol con un “peor para ellos, ellos se lo pierden”, sacado probablemente de los diálogos de las fábulas de Esopo.
El mismo profesor -sí, es un hombre que da para mucho- en una de sus últimas clases nos habló de Sainte-Beuve, uno de los más importantes críticos literarios del XIX que puso en práctica la ”botánica moral”, es decir, la aplicación de un análisis que identificase obra y autor, considerando imprescindible la interrelación entre la vida y los textos de un escritor.
“Mientras no nos hayamos formulado sobre un autor cierto número de preguntas y les hayamos dado respuesta, siquiera para nuestros adentros y en voz baja, no podremos poseer la certeza de abarcarlo por entero, por más que tales preguntas parezcan del todo ajenas a sus escritos: ¿cuáles eran sus opiniones religiosas? ¿De qué modo repercutía en él el espectáculo de la naturaleza? ¿Cómo se comportaba en lo tocante a las mujeres y al dinero? ¿Era rico, pobre, qué clase de vida llevaba, cómo era su vida cotidiana?”
Quizás por eso desprestigió a Céline. Y quizás por eso descartó la posibilidad de que yo supiera de qué pie cogeaba Louis-Ferdinand: de saberlo jamás lo habría citado. ¿Habría sido muy provocador decirle que Céline, curiosamente, es uno de mis autores favoritos? ¿Que me importa poco lo que hiciera en su vida o dejara de hacer, lo que defendiera o detestara, las veces que contrajo matrimonio o las veces que paseó borracho por las calles de París, porque los escritores no tienen que ser ejemplo de nada, ni modelo a imitar, ni por supuesto han de rendir cuentas a nadie acerca de su vida privada? ¿Que la prosa basta para descubrir el alma y que el yo del escritor, como decía Marcel, sólo se muestra en los libros? ¿Que la prosa de Céline arde en el pecho como un trago largo de tequila a palo seco? Quizás sí. Pero creo que le habría dado lo mismo.
En fin, todo esto venía por esto y esto.
De verdad, no quiero saber nada.






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